-Voy a morir- dijo en voz alta, y bostezó.
No sentía ni consuelo ni desesperación ni temor.
El momento de su fin no presentaba siquiera un poco de seriedad. Era un momento anónimo.
Hacía pocos minutos había tenido el cepillo de los dientes en la mano; ahora tenía una pistola con la misma indiferencia. <<Uno no muere así -pensó-.
Es preciso sentir gran alegría o un saludable terror. Uno no debe saludar su propio fin.
Que sienta un espasmo de terror y apretaré el gatillo.>> No sintió nada…

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