No creo en promesas. No hago promesas. No quiero promesas.

Iba a escribir sobre las promesas, pero no sé sí lo hice…

Nunca he entendido el sentido de la palabra “promesa”. Sin embargo sé que una promesa duele y más si se trata de amor, claro cuando se menciona dicha y falsa palabra. Nunca me había detenido a pensar en ella, sobra decir que no imaginaba que existía, pero un día platicando alguien me contó:
“— él dijo: conmigo no será como con los demás,
entonces — le dije: no me hagas promesas porque con eso empiezas mal”.
(Claro, es mujer y le gusta el drama).

Fue ahí donde supe que existen las promesas, aunque se me hacía absurdo poner palabras donde no, y/o sobreentender todo. A pesar de eso, también empecé a sobreentender cuando alguien me hacía una promesa. Empecé a conocerlas, las conozco, me las hecho así tal cual, las he hecho inconscientemente o en forma de juego (más conmigo misma). Esas frases que incluyen la dichosa palabra, son fatales para quién las cree monstruosamente, quien se ilusiona.

Me han causado risa esas frases que sobreentendí como promesas, esas que son fugaces o inservibles, de éstas tengo muchas que no puedo recordar tantas: “serás mi copiloto de vuelo”, “te enseñaré a andar en moto y montar a caballo”, “te voy a traer a éste lugar”, “voy a ir contigo…” etc., etc., etcétera. Peor son las que incluyen la trágica palabra: “conmigo no te faltará nada te lo prometo”, aunque no me importaba saberlo, ni me emocionó ni ilusionó, al contrario, me incomodó. Otra sí me causó enojo, más cuando fue repetida una y otra vez: ” te marco cuando llegue a mi casa, te lo prometo”, está de sobra mencionar el dramón que se armó porque alguien no hizo una llamadita. Una frase en especial sobreentendida por ambos y más respetada por uno: “no me busques”.

Las mías: “voy a dejar éste vicio, lo prometo”, “no voy a pensar en él”, “me voy a acostar temprano hoy, lo prometo”, “no vuelvo a pedir el mismo sabor de helado”, “no caeré ante los encantos del chocolate”. Lo raro es que me juré no prometer nada, tal vez sí en forma de juego prometeré, pero jamás prometeré “por el meñique” ni “por la garrita” ni cosas absurdas y tontas, de por sí una promesa ya es tonta.

Vacía. Nula.

Anuncios