Dicen que las heridas no sanan nunca. Yo no lo sé.

Hace unos días vi tus fotografías actuales de algún festejo con tu familia, te ves triste en ellas. Te vi triste.

Seguí viendo tus fotografías y no me doliste. Ya no me dueles.

Una pregunta ocupó mi cabeza “¿a dónde se fue ese cariño tan fuerte que sentía por ti?”, y otra pregunta más surgió “¿por qué te nombré el amor de mi vida?” Ya no me gustas, ya no te quiero, ya no me quieres… ya no nada de ti en mí.

¿Qué hubiera sido si yo guiada por mis impulsos voy detrás de ti a aquella ciudad donde te tuviste que mudar? Tampoco sé eso. Ni lo sabré.

Gracias por hacerme vivir momentos acompañados de tu voz canora, por acomodar mi cabeza entre tus brazos, por dejarme descansar en tu pecho, por sostenerme cuando sentía que podía caer; por dejarme caer cuando menos lo esperaba; por tenerme presente en tu piel y en tus recuerdos. Por demostrarme que puedes retar tus límites de paciencia, por esa luna en mis ojos, por soportar mis ideas retorcidas. Por esa ilusión que creaste en mí y nunca te conté.

Gracias por no regresar a mí una vez más. Por irte cuando te lo pedí  y no dejarte encontrar cuando te volví a buscar.

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