A mitad del viaje, siempre me acompaña
una llovizna cuyo origen desconozco.
En la salida del aeropuerto la lluvia,
que ya se ha confundido entre la gente y está puesta de puntillas
con un débil chapoteo, te espera.
En el carro, la lluvia, otra vez es la lluvia
la que te llama prendiendo el polvo de la ventana,
que rasga minuciosamente con las pequeñas uñas, pero tú aún no te despiertas.
Tienes que esperar hasta el vacío del anochecer
para que tú y ella realmente se encuentren.
La lluvia se extiende como la lengua de un gato,
un ladrillo, una teja, toda la calle es lamida por ti,
dejándote en el aire oler a tierra mojada.
La lluvia que se ha quedado
desde un abeto las atraes hacia ti
y la dejas recostada dentro de tu hotel.
Usas la toalla para quitártela del cuerpo
como si soplase un gélido viento, sin embargo observas
que esta llovizna al sur de la ciudad
inesperadamente comparte contigo el mismo estigma.

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