Ella quiere casarse, pero no encuentra al hombre idóneo. Recién cumplió cuarenta y tres. Hecha la cuenta, más de la mitad de su vida se define por un deseo no consumado. Como suele ocurrir en historias así, la ansiedad de atrapar un compañero de viaje se ha convertido en obsesión.

El es el candidato en turno. Acaba de terminar una relación de nueve años, cuyo saldo más notable son sus frecuentes ataques de pánico. Ha dicho a cuanta persona se le pone enfrente que, de ahora en adelante, se irá con cuidado. Como es previsible en estos casos, su terror a comprometerse se ha convertido en su obsesión.

El y ella se encontraron hace unas semanas en una cena a la que ninguno de los dos tenía deseos de ir. Se miraron sin tregua toda la noche. Terminaron la velada en el departamento de él. Ella se despidió justo cuando los panes saltaron del tostador.

-Llámame- fue lo único que dijo y cerró la puerta.

No dejó número telefónico. Ese detalle, que para cualquier hombre con un mínimo grado de cordura hubiera significado que hasta ahí había llegado la posibilidad de una relación, fue precisamente lo que lo alentó a buscarla. Para él, era el signo inequívoco de una mujer que no buscaba cimentar una relación de largo plazo. Justo lo que buscaba.

Ella corrió de esa manera por que recordó, demasiado tarde, que tenía un desayuno de negocios. La prisa y los nervios le impidieron ser más amable con aquel hombre que le había hecho el amor como siempre aspiró, luego de decenas de relaciones turbulentas en su vida, cuya característica común había sido el mal sexo. El la abrazó y se durmió después de consumar juntos dicho acto. Para ella, era la señal contundente de un hombre que deseaba cimentar una relación a largo plazo. Justo lo que buscaba.

Tras recurrir a los anfitriones de la cena, el la llamó por la tarde del día siguiente. La invitó a pasar el fin de semana en su casa. Ella aceptó.

Pausa. La narradora debe precisar: estaría encantada de permitir que ese fin de semana fuera el espacio ideal para que el y ella desnudaran algo más que sus cuerpos y manifestaran sus verdaderas aspiraciones. Pero ambos callaron.

Esos dos días juntos sirvieron para que ella se contara la historia de haber encontrado, al fin, al hombre de su vida; y para que el sintiera que, a través de ella, podía purgar años de humillaciones. Cada quien con su objetivo definido, se vieron todos los días durante casi cuatro semanas, ella con la idea de permanencia, él con la atención en lo efímero. Así continuarán algunos días más, antes de que ella empiece a desesperarse y ponga sobre la mesa la formalidad de un compromiso mutuo para seguir adelante con la relación. Ese día, el tendrá un nuevo ataque de pánico y maldecirá el momento en que pidió el número telefónico de esa mujer que lo engañó. Pero no dirá nada. Simplemente, ya no la llamará otra vez.

Ella, furiosa consigo misma por haberse hecho ilusiones con un cobarde más en su vida, lamentará haber aceptado la invitación de fin de semana. Y ambos continuarán con sus mismas obsesiones, en busca de la siguiente víctima.

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