Las páginas se cierran, escapan hacia mejores paisajes.
Somos pájaros ávidos de palabras.
Un día nada está a tu favor.
Un día ni la brisa te acaricia ni te abraza el sol.
Entonces te detienes, como un automóvil, derrapando a chillidos.
Ves hacia atrás y no dejas ninguna huella.
Nada de ti se quedó atrás.
Te das cuenta que estás muerto.
Que alguien o algo te asesinó sin darte cuenta.
La sangre sigue revolcando a tu corazón.
El aire insiste en adentrarse a tus pulmones.
Pero ya nada es igual.

Las flores y los niños y los borrachos y los poetas.
Nada es igual para ti.
Así que puedes entregarte a la muerte, esa viejita sensual fumando un puro que te ha mirado desde siempre.
Olvidaste el miedo en alguna bolsa de tus pantalones.
Dejaste la sonrisa desperdigada sobre alguna paleta de caramelo.
Tus sentimientos fueron arrastrados por falsos amores.
Tus deseos se quedaron colgados en alguna mentira.
Ahora lo sabes y es terrible.

Quizá sea mejor vivir sin saberlo, disfrutar de tu supuesta libertad.
Quizá sea mejor cocinar alguna esperanza.
Agarrarte con tus pequeñas uñas en lo que queda del mundo.
O salir a enfrentar el sol con tus harapos.
Con tu pedazo de corazón.
Con las dos gotitas de vida que permanecen en tu cuerpo.

Eres la herida más grande del mundo.
Y el tiempo nunca tiene tiempo para ti, no le importas.
Al tiempo no le importa nadie.
Entonces suena el teléfono y es él.
Y piensas que es el universo y sonríes.

Resucitas.

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