Regálame tu calma, aprende a entenderme, entiende que a veces rio sin motivo, que lloro de felicidad o cuando extraño a mi familia; que cuando no tengo ganas de hablar emito una sonrisa tímida. Que no puedo estar enojada por mucho tiempo, que olvido fácil, que me cuesta reconocer mis defectos, y tal vez tú cuentes más de los que yo tengo presentes.

Regálame muchas horas de tu tiempo y a mi cuerpo sedúcelo con preguntas.

Regálame tu presencia que me azora.

Regálame una taza de café, para recordarte todas las mañanas. Un beso donde tengo las ojeras. Chocolates amargos. Un pastel o tu comida favorita. Espacio en tu almohada. Las fotografías que tienes arrumbadas en alguna caja olvidada de recuerdos.

Regálame la sencillez de pensar como tú. Tus secretos inconfesables. Tus anécdotas más aburridas. Tus desvaríos y ríe con los míos. Tus mañanas.

Regálame explicaciones largas no pedidas. Tus palabras férreas. Tu humor de cada día. Tu sonrisa adorada.

En mi cumpleaños quédate otro ratito a mi lado.

Ella quiere casarse, pero no encuentra al hombre idóneo. Recién cumplió cuarenta y tres. Hecha la cuenta, más de la mitad de su vida se define por un deseo no consumado. Como suele ocurrir en historias así, la ansiedad de atrapar un compañero de viaje se ha convertido en obsesión.

El es el candidato en turno. Acaba de terminar una relación de nueve años, cuyo saldo más notable son sus frecuentes ataques de pánico. Ha dicho a cuanta persona se le pone enfrente que, de ahora en adelante, se irá con cuidado. Como es previsible en estos casos, su terror a comprometerse se ha convertido en su obsesión.

El y ella se encontraron hace unas semanas en una cena a la que ninguno de los dos tenía deseos de ir. Se miraron sin tregua toda la noche. Terminaron la velada en el departamento de él. Ella se despidió justo cuando los panes saltaron del tostador.

-Llámame- fue lo único que dijo y cerró la puerta.

No dejó número telefónico. Ese detalle, que para cualquier hombre con un mínimo grado de cordura hubiera significado que hasta ahí había llegado la posibilidad de una relación, fue precisamente lo que lo alentó a buscarla. Para él, era el signo inequívoco de una mujer que no buscaba cimentar una relación de largo plazo. Justo lo que buscaba.

Ella corrió de esa manera por que recordó, demasiado tarde, que tenía un desayuno de negocios. La prisa y los nervios le impidieron ser más amable con aquel hombre que le había hecho el amor como siempre aspiró, luego de decenas de relaciones turbulentas en su vida, cuya característica común había sido el mal sexo. El la abrazó y se durmió después de consumar juntos dicho acto. Para ella, era la señal contundente de un hombre que deseaba cimentar una relación a largo plazo. Justo lo que buscaba.

Tras recurrir a los anfitriones de la cena, el la llamó por la tarde del día siguiente. La invitó a pasar el fin de semana en su casa. Ella aceptó.

Pausa. La narradora debe precisar: estaría encantada de permitir que ese fin de semana fuera el espacio ideal para que el y ella desnudaran algo más que sus cuerpos y manifestaran sus verdaderas aspiraciones. Pero ambos callaron.

Esos dos días juntos sirvieron para que ella se contara la historia de haber encontrado, al fin, al hombre de su vida; y para que el sintiera que, a través de ella, podía purgar años de humillaciones. Cada quien con su objetivo definido, se vieron todos los días durante casi cuatro semanas, ella con la idea de permanencia, él con la atención en lo efímero. Así continuarán algunos días más, antes de que ella empiece a desesperarse y ponga sobre la mesa la formalidad de un compromiso mutuo para seguir adelante con la relación. Ese día, el tendrá un nuevo ataque de pánico y maldecirá el momento en que pidió el número telefónico de esa mujer que lo engañó. Pero no dirá nada. Simplemente, ya no la llamará otra vez.

Ella, furiosa consigo misma por haberse hecho ilusiones con un cobarde más en su vida, lamentará haber aceptado la invitación de fin de semana. Y ambos continuarán con sus mismas obsesiones, en busca de la siguiente víctima.

Si fueras parte de mi vida no te dejaría entrar. Si fueras para mí no te dejaría ir.

Eres como todo y nada. Estás cerca y no me permito sentir, estás lejos y quiero estar junto a ti. Eres nada cuando estoy contigo.

Me tiemblan las piernas, mi boca se pone caliente, mis manos… quiero gritar y no debo. Quiero estar junto a ti y no quiero. Quiero abrazarte. Quiero y no quiero. Eres todo cuando te vas, eres nada cuando estás junto a mí, eres todo, me tiemblan las piernas, mi cuerpo quiere estar con el tuyo. Eres todo y eres nada… eres nada.

A mitad del viaje, siempre me acompaña
una llovizna cuyo origen desconozco.
En la salida del aeropuerto la lluvia,
que ya se ha confundido entre la gente y está puesta de puntillas
con un débil chapoteo, te espera.
En el carro, la lluvia, otra vez es la lluvia
la que te llama prendiendo el polvo de la ventana,
que rasga minuciosamente con las pequeñas uñas, pero tú aún no te despiertas.
Tienes que esperar hasta el vacío del anochecer
para que tú y ella realmente se encuentren.
La lluvia se extiende como la lengua de un gato,
un ladrillo, una teja, toda la calle es lamida por ti,
dejándote en el aire oler a tierra mojada.
La lluvia que se ha quedado
desde un abeto las atraes hacia ti
y la dejas recostada dentro de tu hotel.
Usas la toalla para quitártela del cuerpo
como si soplase un gélido viento, sin embargo observas
que esta llovizna al sur de la ciudad
inesperadamente comparte contigo el mismo estigma.

Te sentí en mi piel. Estabas ahí, a pesar del tiempo. La locura desmedida de mi vientre parloteaba con tus caricias marcadas. Mis ganas y mi cuerpo querían que los tomaras, que te adueñaras de ellos, otra vez.
Una canción por la tarde, tarareó aquella conversación en la que me puse celosa por haberme confesado que la amaste.
Los recuerdos traen tu mirada mientras te besaba.
Tus roces un poco toscos, nunca aprendiste mi definición de delicadeza.
Las frases acortadas y el miedo a decirlas, seguida de un primer beso de secuencias infinitas.
Mi cuerpo maldito y de premio un beso en la frente.
Tus brazos rodeandome.
No sé si fue el tiempo. Quiero creer que sí.

En el cielo ya no hay azul, ni claro, ni oscuro penetrante, ni luna, ni sol.
Ya no hay vida pasada, porque los recuerdos se quedaron perdidos en el camino.
Tal vez debajo de piedras o tal vez atropellados por no saber usar el semáforo.
Unos se fueron con otros viandantes sin ser invitados, tal vez, pero me alegro porque ya no están conmigo.
Unos son indigentes y morirán tarde que temprano. Unos se escondieron tras una esquina cuando intentaban vigilarme para seguirme.

Todos ya no son míos. No me pertenecen. Si alguno me encuentra y me llama por mi nombre diré que me está confundiendo y pasaré de largo.
O le regalaré un libro para huir mientras ocupado lee.

La luna y el sol se asomarán junto con el azul claro u oscuro. Y se quedarán.

¿Cómo puedes traer toda mi vida en tus silencios?, así fue como empezó a decirle que lo quería.

¿Cómo en un silencio puede estar guardada mi ausencia?, si al final le dijo que no lo quería era porque lo necesitaban.

¿Cómo puedes traer cuchillos en las manos y dejarme sin piel y desangrado el deseo, con la pasión extinta y sonrisas frustradas?, ¿cómo pudiste ahogar mi corazón en los grandísimos besos?, él siguió en silencio.

¿Cómo en la garganta puedes tener tanta fuerza para callar un grito?, así es como cayó en la cuenta que estaba muerta sin fastidios ni arrebatos.

Él estaba desarmado y tembloroso. Destruído.